martes, 22 de octubre de 2013

¡Ha llegado el momento! Un manifiesto del obispo Spong


He tomado una decisión. No volveré a debatir el asunto de la homosexualidad con nadie de la Iglesia. No volveré a enfrentarme con la ignorancia bíblica que rezuman tantos cristianos de la extrema derecha cuando citan cómo la Biblia condena la homosexualidad, como si ese punto de vista conservase alguna credibilidad.
No discutiré con ellos, ni siquiera les escucharé cuando dicen que la homosexualidad es «una abominación para Dios» o hablan de que la homosexualidad es un «estilo de vida escogido» o cómo gracias al rezo y al «consuelo espiritual» los homosexuales pueden ser «curados».
Esos argumentos ya no se merecen que emplee mi tiempo ni mi energía.
No escucharé, ni por cortesía, los pensamientos de esos que promueven «terapias reparadoras» como si los homosexuales estuviesen de alguna forma rotos y necesitasen ser reparados. Y no hablaré con quienes piensan que la unidad de la Iglesia puede y debería ser conseguida rechazando la presencia, o al menos a pesar de la existencia, de gente gay o lesbiana.
No gastaré el tiempo en refutar la ignorante e indocumentable afirmación de ciertos líderes religiosos que llaman «desviados» a los homosexuales. No atenderé ya más al pío sentimentalismo con que ciertos líderes cristianos siguen argumentando con aquella extraña y deshonesta frase que dice que «odiamos el pecado pero amamos a los pecadores». Es una sentencia, -he llegado a la conclusión-, que no es más que una mentira diseñada para ocultar el hecho de que esa gente odia a los homosexuales y le tiene terror a la propia homosexualidad, pero saben que ese odio es incompatible con el Cristo que afirman profesar. Así que adoptan esta absolutamente falsa proclama para salvar la cara.
No disimularé mi entendimiento de la verdad para mostrar que tengo al menos un mínimo respeto por la abrumadora negatividad que sigue emanando de los círculos religiosos, en los que la Iglesia lleva siglos difundiendo constantemente sus prejuicios contra negros, judíos, mujeres y homosexuales y haciéndolos pasar por «pía retórica de sonido agradable». Los días de esa mentalidad simplemente han pasado para mí.
Personalmente ni toleraré ni volveré a escucharles. El mundo se ha movido, dejando desnudos esos elementos de la Iglesia cristiana que no se ajustan ni a nuestros nuevos conocimientos ni a nuestra nueva consciencia, perdidos en el mar de su propia irrelevancia. Ya sólo podrán hablar con ellos mismos.
No volveré a intentar detener a los testigos de la integración fingiendo que hay un punto medio entre el prejuicio y la opresión. No lo hay.
Cuando se aplaza la justicia, se niega la misma. Que nadie tenga ya escondite. Una vieja canción que hablaba sobre los derechos civiles ya decía que la única elección que tienen los que no se adaptan al nuevo entendimiento es «muévete o nos moveremos por encima de ti». El tiempo no espera a nadie.
En particular voy a ignorar a esos miembros de mi propia Iglesia Episcopal que parecen querer apartarse y formar una «nueva Iglesia» proclamando que este nuevo instrumento intolerante representa la Comunión anglicana. Ese cuerpo eclesiástico está diseñado para permitir seguir existiendo a esos patéticos seres humanos, profundamente encerrados en un mundo que ya no existe, y formar una nueva comunidad en la que puedan seguir odiando a los homosexuales, ofendiéndoles con su desesperada retórica. Siguiendo siendo parte de una hermandad religiosa en la que puedan seguir justificando sus prejuicios homofóbicos el tiempo que duren sus torturadas vidas. La unidad de la Iglesia no puede ser una virtud preservada permitiendo que la injusticia, la opresión y la tiranía psicológica queden sin desafío.
En mi vida personal, ya no escucharé debates televisados conducidos por canales ecuánimes que busquen darle a ambas partes en este asunto el «mismo tiempo». Porque ya sé que estas cadenas ya no le dan el mismo tiempo a los partidarios de tratar a las mujeres como si fuesen propiedad de los hombres, o a los de reinstaurar la segregación o la esclavitud. A pesar del hecho de que esas diabólicas instituciones se acercan a su final, siguen citando la Biblia con frecuencia en esos temas. Es el momento de que los medios anuncien que ya no hay dos puntos de vista en lo que respecta a la condición humana de gays y lesbianas. La justicia para los homosexuales no puede estar siguiendo siendo comprometida.
No actuaré más como si el oficio papal tuviese que ser respetado si quien ocupa en la actualidad esa oficio no quiere o no es capaz de informarse y educarse a sí mismo en asuntos públicos sobre los que se atreve a hablar con una vergonzosa ineptitud. No respetaré más el liderazgo del Arzobispo de Canterbury, quien parece creer que un comportamiento maleducado, la intolerancia o incluso sus prejuicios asesinos son de alguna forma aceptables, mientras vengan de líderes religiosos del tercer mundo, quienes más que cualquier otra cosa revelan en ellos mismos el precio que la opresión colonial se ha cobrado de las mentes y los corazones de tan gran parte de la población mundial. No veo forma en la que ignorancia y verdad puedan estar en igualdad de condiciones, ni creo que el mal sea menos mal si puedes citar a la Biblia para justificarlo. Rechazaré como carentes de merecer mi atención las salvajes, falsas y desinformadas opiniones de supuestos líderes religiosos como Pat Robertson, James Dobson, Jerry Falwell, Jimmy Swaggart, Albert Mohler y Robert Duncan. Mi país y mi iglesia ya han perdido demasiado tiempo, energía y dinero intentando acomodar puntos de vista tan anticuados, en un momento en el que no son en absoluto tolerables.
Hago estas declaraciones porque ya es el momento de moverse. La batalla ha terminado y hemos conseguido la victoria. No hay duda razonable sobre cuál va a ser el resultado final de esta lucha. Los homosexuales serán aceptados como seres humanos completos e iguales, merecedores de cada derecho que la sociedad o la iglesia concedan a cualquiera de nosotros. Los matrimonios homosexuales serán legales, reconocidos por el estado y pronunciados como sagrados por la Iglesia. «No preguntes, no digas nada» será desmantelado como política de nuestras fuerzas armadas. Aprenderemos por obligación que la igualdad de ciudadanía no es algo que tenga que ser negociado en referéndum. La igualdad bajo y ante la ley es una promesa solemne hecha a nuestros ciudadanos por la propia Constitución. ¿Alguien imagina un referéndum para decidir si la esclavitud debe continuar, si la segregación debería ser desmantelada, si las mujeres deben tener derecho al voto? Ha llegado el momento de que los políticos dejen de esconderse tras leyes injustas que ellos mismos han ayudado a forjar. De abandonar ese escudo conveniente consistente en pedir el voto como único derecho de ciudadanía porque no entienden la diferencia entre una democracia constitucional, lo que hay en este país, y una «morbocracia», lo que el país rechazó cuando adopto su Constitución. No dejaremos que nuestros derechos civiles sean decididos por una minoría en plebiscito.
No seguiré actuando como si necesitase el voto mayoritario de un cuerpo eclesiástico para bendecir, ordenar, reconocer y celebrar la vida y el jolgorio de gays y lesbianas haciendo su vida en la Iglesia. Nadie debería volver a ser forzado a sublevar su privilegio de ciudadanía en este país o su pertenencia a la Iglesia cristiana bajo el deseo de un voto mayoritario.
La batalla librada en nuestra cultura y nuestra Iglesia para librar nuestras almas de este prejuicio mortal ha terminado. Se levanta una nueva consciencia. Claramente hemos tomado una decisión. La desigualdad para gays y lesbianas ya no es un asunto discutible, ni en la Iglesia ni en el estado. De ahí, a partir de este momento rechazo dignificar la expresión pública de prejuicios ignorantes discutiendo con ella. No volveré a tolerar racismos ni sexismos. A partir de este momento, no volveré a tolerar ninguna de las variadas formas de homofobia en nuestra cultura. No me importa quién es o quién articula estas actitudes, o quien intenta hacerlas aparecer como dignas usando la jerga religiosa.
He sido parte de este debate durante años, pero las cosas se han asentado, tal y como ocurre con este tema para mí. No volveré a debatir con miembros de la Sociedad para la Tierra Plana tampoco. No debatiré con gente que piense que deberíamos tratar la epilepsia haciéndole un exorcismo al enfermo. No perderé tiempo discutiendo con opiniones médicas que sugieran que hacer sangrar a una persona alivia una infección. No conversaré con quienes piensan que el huracán Katrina fue un castigo de Dios a la ciudad de Nueva Orleans por ser el lugar donde nació Ellen DeGeneres o que los terroristas atacaron los Estados Unidos el 11 de septiembre porque toleramos la homosexualidad, el aborto, el feminismo o las libertades civiles. Estoy cansado de verme implicado por la participación de mi Iglesia en causas indignas del Cristo al que servimos y del Dios cuyo misterio y maravilla apreciamos más cada día. De hecho creo que la Iglesia cristiana no sólo debería pedir perdon, sino castigar a quienes han tratado a la gente de color, a las mujeres, a los gays y lesbianas, y a quienes profesan otras religiones como si fuesen herejes.
La vida sigue. Como dijo el poeta James Russell Lowell hace más de un siglo, «nuevas ocasiones enseñan nuevos deberes, el tiempo hace que lo antiguo parezca ordinario». Estoy listo para reclamar la victoria. A partir de ahora la asumiré y viviré en ella. No estoy dispuesto a discutir sobre ello como si siguiese habiendo dos posiciones compitiendo igualmente válidas. El tiempo para esa mentalidad se ha ido para siempre.


Es mi pastoral y mi credo. La proclamo hoy. Invito a todos a unirse a esta mi declaración pública. Creo que esta lluvia pública ayudará a limpiar a la nación y a la iglesia de su perturbador pasado. Devolverá la integridad y el honor a la Iglesia y al estado. Será la señal de que ha amanecido un nuevo día, y de que estamos listos no sólo para abrazarlo, sino también para regocijarnos y celebrarlo.

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